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Guillermo García Calvo triunfa con Tristán e Isolda en Oviedo
Martes, 01/02/2011
Gran éxito del director Guillermo García Calvo en su debut operístico en España. Varios medios se hacen eco del estreno de Tristán e Isolda en la Ópera de Oviedo, con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y solistas como Robert Dean-Smith, Elisabete Matos, Petra Lang o Juan Antonio Sanabria, entre otros.

Gran éxito del director Guillermo García Calvo en su debut operístico en España. Varios medios se hacen eco del estreno de Tristán e Isolda en el Teatro Campoamor de Oviedo, con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y solistas como Robert Dean-Smith, Elisabete Matos, Petra Lang o Juan Antonio Sanabria, entre otros.

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Conocí a Guillermo García Calvo en unos ensayos; dirigía él una sinfónica y a la vez cantaba en alemán para sustituir a un barítono impuntual. Hoy, que se celebra Santo Tomás de Aquino, patrono de los centros de educación, agradezco la conferencia magistral que dictó el miércoles en el Auditorio. Versaba sobre «Tristán e Isolda», drama musical (a Wagner no le gustaba llamarlo ópera) que, de rebote, dirige en el Campoamor este madrileño de 33 años, residente en Viena. Su admirable capacidad pedagógica desmenuzó y comparó, con palabras, solfeo y piano, el «Tristán», desde el primer acorde hasta el Liebestod. Un prodigio. Como es uno de los candidatos a director de la OSPA, pido a Santo Tomás que salga elegido, venga, nos desasne y nos anime. También votaré por él como consejero de Educación. ¿Quién más virtuoso podría dirigirnos?

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El triple debut del director de orquesta Guillermo García Calvo fue, junto al trabajo de Lang y Dean- Smith, quizás, el mayor logro de la velada. El maestro, asistente de Christian Thielemann en otras gestas wagnerianas en Viena, dirigía ópera por primera vez en España. Y Oviedo, con su debut en la temporada del Campoamor, es el lugar en el que García Calvo ha firmado el primer «Tristán» de su carrera.

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El drama musical en tres actos dio para más debuts. El director musical Guillermo García Calvo desembarcó en la ópera española también ayer, a pesar de su abultada carrera en el extranjero, para dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias de forma cómoda, en sustitución de un esperado Friedrich Haider que tuvo que apartarse del trabajo por motivos de salud. El talento y la implicación en la obra del joven García Calvo quedó una vez más evidenciado y recompensado con el aplauso entusiasta del público.

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Dejando la propuesta escénica al margen, la producción contó un reparto lírico de postín y Guillermo García Calvo en la dirección, un joven madrileño de 32 años que, debutando la obra, dio una verdadera lección de cómo se debe dirigir una de las óperas más complejas del repertorio romántico alemán. Él fue el principal artífice del éxito de la función, que encandiló al público aún a pesar de la poco afortunada apuesta escénica.

Desde el principio fue evidente quién mandaba en la producción cuando, justo antes de atacar la primera nota, García Calvo detuvo cualquier tipo de inercia protocolaria y, ya en la tarima, se tomó su tiempo buscando el silencio y atmósfera necesarios para dar comienzo a la obra. Fue un gesto de autoridad y carácter que, además de generar una intensa expectación en el público, marcó con fuerza el tono general de una velada sembrada de seriedad, claridad de criterios y profundidad de estilo.

Su versión estuvo llena de matices exquisitos, que expuso dentro de en un rico abanico dinámico que, no obstante, también podría haber hecho gala de un mayor contraste y volumen sonoro.

Con tan solo 6 lecturas orquestales, García Calvo intervino profundamente en la sonoridad de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, que participó a un gran nivel artístico.

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Esto se logró en el último «Tristán» de Oviedo, con una Sinfónica del Principado de Asturias lúcida y totalmente implicada en el drama, siempre «in crescendo», con una sección de viento madera en estado de gracia. A la batuta, Guillermo García Calvo profundizó de forma maestra en la partitura, llevando la orquesta hasta el paroxismo, con la creación de espacios sonoros a través del «tempi», la densidad e intensidad sonoras, todo bien ponderado y medido.

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La dirección de Guillermo García Calvo al frente de la OSPA comenzó impecable, quizás un poco comedida en las dinámicas, para acabar siendo sublime. Variedad de tiempos, elásticos y bien contrastados, fluidez y movilidad incluso en las páginas más lentas, y un color exquisito, en el que destacamos las partes solistas del corno inglés y por extensión de las maderas, en el tercer acto.

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Musicalmente, la reposición es muy superior al estreno. La primera clave está en el foso, con un maestro español de 32 años, Guillermo García Calvo, que, debutando en su país como director de ópera con el «Tristán» de Oviedo (que es, por añadidura, su primer Wagner ante cualquier público), salta repentinamente al primer nivel por sabiduría técnica, el riguroso detallismo y, sobre todo, la movilizadora musicalidad de un trabajo que no dudo en calificar como el más importante de cuantos he conocido en España en «Tristán». No es de extrañar que casi todos los teatros del país estén desde ahora interesados en entrar en su agenda para las próximas temporadas. Con una orquesta muy profesional, la OSPA, no habituada a Wagner, y menos en el foso, los momentos extraordinarios, incluso conmovedores, han sido muy numerosos, así como admirable el equilibrio de las alternativas de tensión-distensión en un relato sonoro tan subjetivo, por no decir tan secreto en sus claves últimas, que apoya todas las cargas emotivas, por primera vez en la historia, en el poder expresivo del cromatismo, no de la polaridad armónica. Nada digamos de la capacidad persuasiva del maestro, su capacidad inductora del perfecto ajuste con la escena y la voluntad de los intérpretes en darse por entero, con generosidades de grave riesgo.